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Último Momento 17-01-2011
ALUDES MORTALES
Mejor clima en
Brasil permite llevar ayuda a víctimas
La lluvia persistente se detuvo ayer
y permitió que los helicópteros de socorro llevaran comida y
agua a algunos de los barrios enterrados por toneladas de
lodo tras los aludes que mataron al menos a 626 personas al
norte de Río de Janeiro.
Las nubes de tormenta se abrieron y
una decena de helicópteros se internaron entre los picos
afilados de las montañas verde esmeralda, a unos 65
kilómetros (40 millas) de Río.
"La prioridad es rescatar a la gente
que sigue aislada", dijo Alexandre Aragon, director de la
Fuerza Nacional de Seguridad Pública. "Tenemos que
aprovechar esta mejora del clima para ayudar a la gente en
estas zonas remotas que se derrumbaron".
Sin embargo, los helicópteros no
estaban evacuando gente en lo inmediato de las zonas que
están en peligro de más aludes si vuelve a llover. Por
ahora, las aeronaves llevaban provisiones a todos los
lugares posibles para intentar que más gente sobreviva a la
tragedia.

El desastre ocurrió la madrugada del
miércoles, cuando tras varios días de lluvia fuerte
toneladas de lodo, piedras y aguas barrieron las laderas y
los poblados en un área de unos 2.330 kilómetros cuadrados
(900 millas cuadradas).
La cifra de muertos era de 626 hasta
el domingo, pero los funcionarios temen que pueda aumentar
severamente a medida que se encuentren cuerpos en las zonas
remotas donde no han llegado los socorristas.
Teresópolis, con la ayuda del estado
de Río de Janeiro y el gobierno federal, estableció el
domingo un centro para el registro de las personas
desaparecidas, distribuyó 35.000 teléfonos celulares
gratuitos donados por una compañía de telecomunicaciones con
el fin de ayudar a los desplazados a comunicarse con amigos
y familiares, y anunció planes inmediatos para distribuir a
las 2.500 personas registradas en un gimnasio a 18 albergues
más pequeños y mejor organizados establecidos en iglesias,
almacenes y otros espacios.
El alcalde, Jorge Mario Sedlacek,
dijo que hay más de 2.000 tiendas de campaña en camino hacia
la ciudad, cada una capaz de albergar a una familia de hasta
10 personas. En Teresópolis hay más de 3.000 individuos que
dependen del estado para recibir alojamiento.
"Les darán a las familias albergue
hasta por seis meses en lo que se pueden desarrollar
soluciones más permanentes", afirmó. "Al menos estas tiendas
de campaña reestablecerán las unidades familiares, lo cual
le dará algo de consuelo a la gente que vive en albergues
comunitarios".
Una empresa local ya había ofrecido
tierras en las cuales establecer las tiendas, y el domingo
comenzaron los trabajos para nivelar el terreno, dijo
Sedlacek. La ciudad está estudiando la opción de construir
viviendas modulares, las cuales pueden ser erigidas en sólo
unos días.
El gobierno local también ofreció
pagar la renta de 2.500 familias por un período
indeterminado de tiempo. El registro de las familias con
necesidades comenzó el domingo, dijo el general José Elito,
ministro de seguridad nacional, en una conferencia de prensa
en Teresópolis.
Tras cuatro días, no se esperaban
rescates milagrosos de la gente enterrada por el lodo, dijo
el jefe de la policía local Anderson Correia de Oliveira.
"No hay esperanzas de encontrar a
nadie vivo", dijo. "No es como un terremoto, la gente
atrapada se ahogó. No hay rincones con aire".
Los sobrevivientes, desesperados, se
quejaban de que no haber recibido ayuda y el gobierno a
todos los niveles ha sufrido críticas por su lentitud para
reaccionar.
Sin embargo, Oliveira y otros
remarcaron que llegar a las zonas más aisladas era imposible
hasta el domingo. Sobrevolar la zona es difícil aún con buen
clima, señaló y el cielo estuvo cargado de nubes bajas hasta
ahora.
La presidenta Dilma Rousseff asignó
asistencia por 60 millones de dólares al estado de Río de
Janeiro y las localidades más afectadas. El ministro de
integración nacional Fernando Bezerra dijo que la mitad del
dinero estaría en las cuentas de los gobiernos locales el
lunes, seis días después del desastre.
Nacional 16 01 2011
Para llorar
¿
Lluvias mortales
Más de 500 personas murieron en las
sierras de Río de Janeiro luego de lluvias torrenciales que
provocaron aludes. La flamante presidente Dilma Rousseff acudió
al lugar y prometió una "acción fuerte" del gobierno para
mitigar los efectos de la tragedia. La urbanización irregular
agravó la situación.
Último Momento 13 01 2011
LLUVIAS E INUNDACIONES
La cifra de muertos
asciende a 423 en Brasil
Historias de horror, de viviendas
arrastradas por muros de tierra y agua en las poblaciones de
montaña al norte de Río de Janeiro, relataban hoy los
sobrevivientes que incluso excavaron frenéticamente con las
manos para alcanzar a personas atrapadas.
Por lo menos 423 personas murieron en
tres poblaciones del estado de Río. Las inundaciones y los
aludes mataron a otras 21 en el vecino estado de Sao Paulo y 13
en el de Minas Gerais.
"Parecíamos zombis cubiertos de barro,
cavando en la oscuridad", dijo Geisa Carvalho acerca de los
minutos que siguieron a los aludes, alrededor de las 3 de la
mañana en Teresópolis.
Su madre, Vania Ramos, dijo que las
despertó un tremendo rugido cuando toneladas de tierra sobre su
vecindario se deslizaron sobre un muro de granito. No había luz,
pero el resplandor de los relámpagos les permitió ver un
torrente de barro y agua que pasaba a metros de su casa, así
como los restos de casas vecinas arrastrados por la ladera.
"No tengo palabras para describir lo que
he visto", dijo Ramos al iniciar una marcha de ocho kilómetros
hacia el centro de la ciudad en busca de comida y agua. "Muchos
amigos nuestros están muertos o desaparecidos. Hay gente que tal
vez nunca la encontraremos".
Carvalho y Ramos dijeron que salieron
corriendo de su casa segundos después del torrente y, junto con
sus vecinos del barrio Caleme, se pusieron a cavar con las manos
y algunos palos en busca de vecinos. Hallaron rápidamente a una
familia de cuatro enterrada bajo los escombros de su casa, en
tanto el bebé de dos meses de otro vecino fue arrastrado con
todo y cuna y aún no lo habían encontrado.
Casi todas las casas del vecindario
fueron arrastradas hasta el fondo de un barranco. Caños
retorcidos estaban enredados en los árboles, ropa de niños
cubría el terreno y por todas partes había troncos de árboles
enormes apilados como mondadientes. Las calles eran ríos de agua
lodosa bajo una lluvia ahora ligera.
Unos pocos rescatistas pudieron llegar el
jueves a su barrio, provistos apenas de algunas palas y machetes
para buscar sobrevivientes. Los vecinos dijeron que no tenían
alimentos, agua ni medicinas y muchos iniciaron la larga marcha
al centro de Teresópolis en busca de ayuda.
Estos desastres, que se producen casi
todos los años durante la estación lluviosa del verano, castigan
sobre todo a los pobres, que viven en casas precarias sobre
laderas abruptas, las que suelen carecer de cimientos.
Las morgues no daban abasto y algunos
cadáveres fueron tendidos en las aceras, cubiertos con frazadas.
AP
Último Momento 13 01 2010
Australia: la luz
del día deja en evidencia la amplitud del desastre
Con las primeras luces del alba hoy
en Brisbane, el desastre que afectó la ciudad va quedando de
manifiesto en toda su amplitud: casas inundadas hasta el
techo, rutas desaparecidas bajo torrentes de agua barrosa y
el centro de la ciudad que parece una isla.
Milton, St Lucia, Fairfield, Oxley...
figuran en la larga lista de los barrios ribereños del río
Brisbane cubiertos por las aguas que ya cobraron una primera
víctima en esta ciudad de dos millones de habitantes.
Desde una callejuela transformada en
canal aparece una embarcación. A bordo, Brenton, Dwayne y
Chris fueron a constatar los daños de la típica casa del
Queensland que comparten y que está cubierta de tablas.
"En el salón, el agua nos llega a la
cintura. El martes habíamos comenzado a subir todo hacia el
techo, pero ayer en la noche, cuando el nivel del agua
aumentó aún, tuvimos que evacuar lo que nos quedaba para
llevarlo a casa de vecinos", relató Brenton y consultante de
23 años.
"Salvamos documentos, diplomas,
pasaportes, alguna ropa y el gran televisor, porque sin él,
¿cómo vamos a mirar los partidos de cricket?" exclamó con
una carcajada, como para evacuar la inquietud y la tensión
que se adivinan en su rostro.
Este pequeño barrio residencial, al
pie del estadio Suncorp, transformado en inmensa piscina, ya
había sido afectado en 1974 por inundaciones que dejaron
catorce muertos.
"Nuestra casa que data de los años
1920 había resistico a las inundaciones de 1974, pero habrá
que verificar las estructuras y los pilares antes de poder
volver a vivir en ella", agrega Brenton.
Si los habitantes comienzan a volver
a Milton para inspeccionar sus casas, no ocurre lo mismo en
Fairfield o St Lucia donde tanto los puentes de acceso como
las rutas están cortados.
El centro de la ciudad convertido en
una isla sitiada por las aguas, se depertó sumergido en
parte, pero relativamente aliviado, pues el río no alcanzó
en la noche el nivel anunciado.
Por todas partes hay basureros
flotando y el agua llega en algunos lugares al nivel de los
paneles de señalización o corre por el lugar donde se
construye un edificio.
Mientras algunas personas toman
fotos, la policía trata con dificultad de hacer evacuar las
zonas peligrosas, en medio de un fondo sonoro de las alarmas
de los edificios vacíos.
"Era peor, mucho peor en 1974",
afirma John McLeod, responsable de la seguridad del hotel
Stamford Plaza, ubicado junto al río y cuyo sótano está bajo
3,5 metros de agua.
"Es demasiado pronto para evaluar las
pérdidas, se podrá hacerlo cuando baje el nivel del agua,
sin duda el lunes o el martes", agregó.
Algunos ciclistas avanzan en más de
un metro de agua, con la cámara fotográfica en bandolera.
"Mi padre que tiene 68 años había
tomado fotos en este mismo lugar en 1974, vamos a comparar",
explica Aaron Lewis.
"Felizmente, el agua no subió mucho
esta mañana, es un alivio, estamos a salvo" agregó Aaron que
aloja a su hermano y su esposa, pues ellos "perdieron todo".
Cien metros más lejos, desde la
orilla del Jardín Botánico, Liz Leys, de 53 años, observa
inquieta a su marido que trata de amarrar más sólidamente su
velero "Ayla", amenazado por la violencia de la corriente.
Con los ojos llorosos, Liz responde
al policía que los insta a partir. "Vivimos en el velero
desde hace 24 años, si corta las amarras, no quedaremos sin
nada".
AFP
Clarín.com
Domingo | 23.10.2005
CALCULAN QUE HAY MEDIO MILLON DE AFECTADOS Y MILES DE HECTAREAS
DAÑADAS
El Amazonas enfrenta la peor sequía en 40 años
Los grandes ríos bajaron doce metros, y otros se secaron. El
calentamiento del mar y los incendios forestales serían las principales
causas. Miles de familias evacuadas sobreviven con los alimentos que
reparte el gobierno, ya hay casos de malaria y se teme un brote de
cólera. Un nuevo alerta para el mundo.
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Eleonora Gosman.
egosman@clarin.com
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Delante de la iglesia, contenidos y en silencio, los pobladores de
Aracaí esperan el helicóptero. Es una de las comunidades que quedó
aislada en la selva del Amazonas el día que los ríos y lagos de la
región se secaron. La tremenda sequía que dejó canoas y casas flotantes
enterradas en el barro empezó hace cinco meses, pero recién el lunes
pasado las aeronaves del Ejército brasileño descendieron en las islas
para distribuir bolsas de alimentos. Casi medio millón de personas los
esperaban con la mirada ansiosa y lengua reseca.
Como Aracaí, hay cientos de comunidades del estado de Amazonas en las
que el hambre aprieta. Es por culpa de la peor sequía que recuerdan los
ribereños. Los viejos y memoriosos dicen que no se ha visto nada igual
desde hace 40 años.
Los dos grandes ríos de la región, el Solimoes y el Negro, que forman el
Amazonas a la altura de Manaos, perdieron anchura y profundidad: hoy
están entre 10 y 12 metros por debajo de su nivel medio. Al navegar el
Solimoes, que en las buenas épocas alcanza los 10 kilómetros entre sus
márgenes, se asiste a un espectáculo inusual: una interminable vértebra
de dunas cortan el río por la mitad, coronadas por árboles secos y
poblados por urubúes, un ave que se alimenta de carroña.
Pero más asombrosas son las vistas que surgen durante el sobrevuelo de
la región que Clarín realizó a bordo de un helicóptero militar. Durante
una hora, a lo largo de 250 kilómetros, se puede observar un paisaje que
perdió su esplendor selvático: donde antes había una amplia y nutrida
red de afluentes, lagos y canales, con lanchas y canoas que los
surcaban, ahora sólo quedan hilos de agua, toneladas de pescados
podridos y barcos encallados. Y esto ocurre en la quinta reserva mundial
de agua dulce.
Manacapurú, a 68 kilómetros de Manaos, es uno de los 62 municipios
amazonenses. Su nombre no es tan conocido, pero con 75.000 habitantes es
la segunda mayor ciudad del estado amazónico después de la capital, y su
puerto comunica con las más variadas localidades ribereñas. En el
Amazonas, existen aproximadamente 20.000 kilómetros de hidrovías: son
las "autopistas" acuáticas por donde circulan personas y bienes.
Desde Membeca, uno de los pueblos del litoral amazónico, viene navegando
una canoa con cuatro adultos y cinco pequeños. Parece un milagro que la
embarcación soporte tanta gente. La única que habla por el grupo es
Marlene Barbosa da Silva, una anciana que detrás de ese nombre
importante esconde un cuerpito enjuto. Cuenta que para salir al río
tuvieron que empujar el bote por un canal de barro. Un ligero movimiento
del sombrerito negro que la protege deja ver sus ojos acuosos y amargos.
"Nos vamos a Manacapurú, porque ya no resistimos sin agua, sin comida y
sin pesca", suspira. Unos pocos bolsos, que se enredan entre las piernas
de los chicos, testimonian su emigración. Los rostros duros y los
silencios sin sonrisas dejan entrever el sufrimiento. Todavía les restan
cinco horas de remo para alcanzar el nuevo lugar de residencia.
Hace tres meses, en Membeca había un puerto del cual salían maderas y
harina de mandioca. Por sus muelles también entraban alimentos para los
ribereños, sobre barcos que surcaban un río que suele tener allí unos 15
metros de altura. Pero ahora sólo hay un pantano de 50 centímetros de
profundidad. Donde antes saltaban los peces, ahora se arrastran perros
vagabundos. Muchas familias decidieron descender la hondonada y
establecerse a las orillas de ese débil hilo de agua: en ese lodazal
cocinan algún pez atrapado con las manos. De esas aguas beben y en ellas
se bañan.
Fue exactamente en ese pantano de Membeca donde Antonio José Marques,
intendente de Caapiranga, un pueblo de 10.000 almas ubicado a 156
kilómetros de Manaos, casi perdió la vida el sábado pasado. "Habíamos
salido en una lancha pequeña cuando quedó encallada en un banco de
arena, frente a Membeca. Para pedir socorro tuve que nadar 800 metros en
el medio del pantano", se agita. Todavía le duele el cuerpo y le dura el
susto. "En nuestro municipio hubo varios casos de malaria. Estamos
frente a un brote de la enfermedad", dice el alcalde. Con aguas
estancadas, los mosquitos proliferan y contagian. El mayor temor, que
pocos se atreven a mencionar en voz alta, es que aparezca el cólera.
Pero los desvelos del intendente Marques y sus concejales pasan hoy por
la falta de energía. Durante días aguardaron a que les llegara un
generador para abastecer al pueblo, pero no hay embarcación que permita
desplazar semejante equipo hacia un puerto que está seco.
En Caapiranga la ayuda oficial comenzó a llegar el lunes pasado. El
auxilio fue organizado en conjunto entre el gobierno provincial de
Eduardo Braga y el federal de Lula da Silva. El "rancho", como lo llaman
los lugareños, contiene porciones de un kilo: hay arroz, porotos negros,
charque, azúcar y café. La vianda se completa con algunos paquetes de
galletitas, dos latas de leche en polvo y dos botellas de aceite. "Esa
cesta no alcanza para alimentar a las familias, que aquí suman diez
bocas en promedio", se lamenta Marques. Peor aún es la demora para
atender a las centenas de comunidades ribereñas.
La cuenca amazónica está normalmente bañada por lagos muy ricos en
peces. Entre esos grandes espejos de agua está el lago de Manaquirí, que
suele nutrir de pescado al municipio homónimo. En su lugar, ahora hay
una cuenca vacía convertida en un basural de pescados podridos. El
intendente Jair Souto pone el desastre en números: "90 por ciento de los
peces ya murió. Esto afecta a los 2.000 ribereños de la región que viven
exclusivamente de la pesca". Fany Ervani, secretaria de Turismo del
municipio, cuenta: "Durante días tuvimos un olor nauseabundo,
insoportable. Hubo que cerrar 40 escuelas y cancelar el año lectivo
porque no hay comida, no hay transporte ni agua potable". Es que al
secarse el lago y los ríos, los restos de animales y peces contaminaron
las napas de agua que abastecen los pozos domiciliarios.
La sequía, que empezó en el oeste amazónico, ya se propaga a otros
estados brasileños como Pará, al este, y según las autoridades locales
afectará este año a más de 500.000 de los 20 millones de habitantes que
pueblan el sistema del Amazonas.
Para los especialistas, lo que distingue a la actual sequía amazónica es
que se origina en una "contingencia global" intensa: el calentamiento
del océano Atlántico. Por causa de esa anomalía, el punto de encuentro
entre las masas de aire cálido y de aire frío que provoca la formación
de lluvias se desplazó hacia el norte. Y ese corrimiento provocó una
disminución de lluvias sobre el Amazonas (ver Sube la temperatura...).
Paulo Moutinho, científico del Instituto de Investigaciones Amazónicas,
advierte que esta es una sequía "atípica", diferente de ocurrida en
1997. Ese año también hubo "seca", como dicen en Brasil, pero no castigó
la extensión de ésta ni duró los cinco meses que ya lleva. El
calentamiento de las aguas del Atlántico explicaría también la formación
de huracanes en el sur de Brasil, como los que el año pasado golpearon
las costas del estado de Santa Catarina. "Pero la falta de lluvias
también se debió al calentamiento del otro océano, el Pacífico, por la
corriente de El Niño", advierte Moutinho.
Según Carlos Rittl, doctor en ecología y director en Brasil de la
organización no gubernamental Greenpeace, las sequías severas en la
selva del Amazonas se han vuelto más frecuentes en los últimos años, lo
que estaría asociado a la acumulación de dióxido de carbono en la
atmósfera. Desde ese punto de vista, dice Rittl, esto implicaría que se
está en presencia de un escenario climático de largo plazo: "Por eso
decimos que lo que hoy vemos en la selva amazónica es un anticipo del
futuro en otras varias zonas".
Moutinho subraya que el impacto del fenómeno aumenta por causa de la
deforestación amazónica. "Cuanto mayor es la deforestación la situación
tiende a agravarse: la mitad de las lluvias que caen en la propia selva
es producida por su propia transpiración. A medida que se reduce la
floresta, se intensifica el efecto de la sequía", explica el científico.
Y las estadísticas sostienen su teoría: se estima que unas 3.000
empresas madereras actúan talando árboles en el Amazonas, y los cálculos
dicen que por cada árbol que voltean otros quince sobreviven dañados.
Pero en los últimos años también se siente la presencia de los
agricultores, ávidos de regar con soja los espacios que abren a
hachazos. Claro, sin agua no hay madera ni cultivos que
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TERRONES RESECOS.
EL CAUCE DEL LAGO MANAQUIRI, UNO DE LOS MAS GRANDES DE LA CUENCA DEL
RIO AMAZONAS, LUCE HOY COMO UN PARAMO YERMO. (FOTOS: EMILIANA
MIGUELEZ)
Los números del desastre
En junio llovió 40,6% menos que la media para ese mes. En julio
las lluvias disminuyeron 64,8%; en agosto, 50%; y en setiembre,
5%.
Los últimos cálculos dicen que unas 500.000 personas de 914
comunidades fueron afectadas por el fenómeno. Muchas de ellas
debieron evacuar sus hogares.
La sequía obligó a suspender las clases en las 632 escuelas del
Amazonas brasileño.
El nivel del río Negro pasó de 27,76 a 16 metros. El Madeira,
uno de los grandes afluentes amazónicos, bajó de 12,95 a 1,83
metros.
La sequía agrava la devastación que viene sufriendo la selva
amazónica. Los expertos estiman que hasta ahora desapareció el
20% de los 4,2 millones de kilómetros cuadrados originales de la
selva.
El 12% del territorio amazónico ya es utilizado para actividades
agropecuarias, y en la zona también trabajan unas 3.000
madereras.
Sube la temperatura del Atlántico
El Amazonas vive temporadas de sequía
con cierta periodicidad. Es un ciclo vinculado, hasta ahora, con
la llegada de la corriente cálida de El Niño a las costas
peruanas. Pero este año, el estiaje (caudal mínimo) amazónico no
tuvo que ver con esa corriente marina sino con el
calentamiento del océano Atlántico. Según los científicos,
ese mismo fenómeno explicaría el desastre de Nueva Orleans y la
violencia huracanada que afecta la zona del Caribe.
Paulo Moutinho, científico del Instituto de Investigaciones
Amazónicas, dice que aún no es posible saber "si el aumento de
la temperatura en el Atlántico obedece a un cambio global del
clima por causa del llamado efecto invernadero". Lo
cierto es que la temperatura del océano está un grado por
encima de la media y eso explica la falta de lluvias en la
selva. Pero también otros fenómenos: "Ese calentamiento del mar
también puede haber influido en la virulenta aparición del
huracán Katrina en Nueva Orleans", razona.
Otro factor negativo es el nivel de deforestación. "El Amazonas
sobrevivirá en la medida en que se preserve al menos 80% de lo
que hoy existe", alerta Moutinho. "Es difícil determinar en qué
momento la reducción del área amazónica puede producir su propia
destrucción. Tal vez las consecuencias se vean entre 2050 y
2100", ensaya.
En diálogo con Clarín, el experto en ecología de
Greeanpeace Brasil, Carlos Rittl, consideró llamativo que desde
2000 año a año haya menos lluvias en la región amazónica, donde
las sequías aparecían cada 40 años pero hoy se repiten cada
cuatro o cinco. "Eso nos lleva a pensar que el escenario de
estos días puede dejar de ser excepcional y convertirse en
patrón. Y se puede sospechar que se está cerca del límite en el
manejo de los recursos de la Tierra". advirtió el experto.
MANAOS. ENVIADA ESPECIAL
La selva se achica por la agricultura
En Brasil se producen 200 mil
incendios forestales por año. Ese fuego que abrasa parcelas
de la selva amazónica es responsable del 75% de las emisiones de
gas carbónico de Brasil y lo coloca entre los cinco mayores
contaminadores del mundo.
Las causas de esta piromanía selvática son económicas: las
llamas hicieron que el 12% de la floresta amazónica original se
convirtiera en pasto para la cría de ganado. Gran parte de la
expansión ganadera brasileña, que en los últimos 15 años pasó de
26 a 164 millones de animales vacunos, se produjo a expensas de
empujar la frontera agrícola hacia el Amazonas a fuerza de
incendios. Donde más se observó ese crecimiento fue en Mato
Grosso, Pará y Rondonia. A las vacas le siguió la soja, cuyo
cultivo se intensificó los últimos años en antiguas áreas de
floresta.
Esos cambios produjeron a la par una explosión demográfica en el
Amazonas, que hoy registra el mayor crecimiento poblacional de
Brasil. Se calcula que habitan la región unas 20 millones de
personas, procedentes de distintos estados brasileños.
Los expertos admiten que es imposible impedir semejante
expansión humana y económica, pero advierten que el Estado
deberá definir reglas claras de uso de la selva si quiere
garantizar su supervivencia. Advierten que la deforestación en
gran escala y el reemplazo de floresta por una vegetación más
inflamable —con predominio de gramíneas (pasto) y árboles bajos—
llevará a la conversión gradual de la selva en sabana.
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